A la grafía se le ha atribuido, desde el inicio de los tiempos, propiedades divinas. Las runas nórdicas o signos jeroglíficos, por ejemplo, eran considerados símbolos entregados por los dioses para articular la comunicación entre dos mundos.
Una mirada más profunda nos remite a la Gematría, la rama de la Cábala judía, que, en la combinación del valor numérico de las veintidós letras del alfabeto hebreo, busca acceder al supremo conocimiento.
Las letras conjuran su potencial mágico creando palabras que contienen el alma de aquella porción de realidad que designan y, de hecho, la Biblia, reconoce el poder creador de la palabra cuando al describir el proceso de la creación dice “Y Dios dijo: hágase la luz; y fue la luz” (Génesis) y “por la Palabra fueron hechas todas las cosas” (San Juan 1:3).
Cuando nos expresamos sobre el mundo, articulamos las palabras formando un lenguaje que, a su vez, define la arquitectura de nuestra mente. Por eso podemos decir que pensamos lo mismo que decimos.
Así que, por buscar una analogía gráfica, lo que dices y piensas se queda enganchado a ti, como los bocadillos de los personajes de tebeo, definiendo tu actitud ante la vida.
Y resulta que un 80% de lo que pensamos diariamente es negativo y repetimos un 90% de nuestros pensamientos de un día para otro. Lo cual parece constatar que nos hemos olvidado del poder invocador de nuestras palabras porque, de lo contrario, buscaríamos la manera de ejercitar algún tipo de gimnasia mental que nos permitiera dirigir todo ese potencial divino hacia la manifestación de aquella realidad que nuestra Alma anhela.
Conectar con el Observador neutral que hay dentro de ti te permitirá tomar consciencia de la narrativa mental que te atrapa y te anula. Meditar te ayudará a trasladar tu psique a otro lugar fuera de la rueda de hámster. Y elegir vivir el presente desde la plenitud rindiéndote a la vida tal y como es afianzará un estado permanente de Gracia.
Suena más duro de lo que es en realidad y los beneficios son infinitos, ¿te animas? Te ayudo…


