El otro día leía la opinión de una lectora de “El País” en la que comentaba que su hija aspiraba a ser segundo violín para poder tocar tranquila, en un segundo plano, porque eso es lo que le hacía feliz.
Añadía que el mundo está hecho para los que quieren ser famosos, para los que sueñan con ser los primeros, para los que saber elevar su voz, no para los que sueñan en ser segundos violines.
En una primera instancia, su discurso me hizo pensar en los arquetipos de “Leo” y “Virgo”.
Leo, el Sol, con su gran imagen de sí mismo, sintiéndose en su salsa cuando lidera y es el centro de atención.
Y junta a él, Virgo, el Mercurio perfeccionista y discreto. Más preocupado por que las cosas se hagan bien hechas, que por recibir reconocimiento de ningún tipo.
Y también me vino a la cabeza la energía de “Aries”, o Marte, su regente, y de cómo disfruta en entornos competitivos y cómo de natural y orgánico le resulta ir a su aire, hacer su voluntad y medirse con los demás.
Y reflexionaba sobre el hecho de que juzgamos la realidad y a los demás por cómo expresan su “Sol”, el garante del éxito. Y haciendo eso desoímos la complejidad que hay detrás de la persona, que incluye un mundo interior que puede estar totalmente afligido y generar un ser tremendamente luminoso y triunfador pero infeliz.
Somos como mesas de sonido. Todos incluimos las mismas variables arquetipales pero cada uno en niveles distintos. Los controles regulan los niveles de carisma, dependencia, intensidad, complacencia, independencia, disfrute, vocación de servicio, empatía, sensibilidad, etc.
El que se conoce bien y ha detectado cuáles son sus puntos fuertes y cuáles los débiles no se autoimpone baremos externos que no se ajustan ni a sus cualidades ni a sus intereses. No se siente peor por no ser solista, sino que da exactamente el lugar que corresponde a los segundos violines.
Lo mejor de todo es que cada vez que me asomo a una Carta Natal, constato que, más allá de lo que vemos en el mundo exterior, tenemos la sinfonía completa dentro de nosotros.


